En las ‘apps’ de citas es más difícil encontrar el amor duradero
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Las aplicaciones de citas, lideradas por plataformas como Tinder, Bumble o Grindr, no solo han transformado la forma en que las personas se conocen, también han cambiado, de manera más silenciosa, la forma en que se entiende el amor, el compromiso y el vínculo con el otro.
Un solo clic promete abrir la puerta a cientos de posibles conexiones y, sin embargo, detrás de tantas opciones emerge una paradoja inquietante: disminuye la capacidad de sostener relaciones duraderas.
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Así lo concluye una investigación del Instituto Latinoamericano de la Familia (ILFARUS), de la Universidad de La Sabana. Su directora de Investigación, Brenda Rocha, asegura que las relaciones que inician online se construyen a partir de la comparación y la jerarquización, lo que es un punto de partida muy distinto a hacerlo desde la apertura genuina hacia el otro.
“Las plataformas de encuentro están diseñadas para que se tomen decisiones sobre otros seres humanos en cuestión de segundos, casi siempre a partir de una imagen. Desde un aspecto psicológico, sabemos que esto tiene consecuencias. Cuando el primer filtro es visual y la decisión ocurre en menos de tres segundos, lo que se activa n
o es el juicio relacional, sino el juicio estético y eso transforma al otro, deja de ser alguien por descubrir para convertirse en alguien por evaluar”, asegura la experta.
Hoy, más de 350 millones de personas usan este tipo de plataformas en el mundo, en un mercado que supera los 6 mil millones de dólares y se estima que para 2034, alcance los 19.500 millones de dólares, con una tasa de crecimiento anual del 8%, según Business of Apps.
Otro de los aspectos que pueden afectar las relaciones de largo plazo, de acuerdo con el análisis de la Universidad de La Sabana, es la gran cantidad de opciones que brinda la experiencia digital. “Cuando el horizonte de posibilidades permanece abierto de manera indefinida, comprometerse con una persona concreta implica, de forma simbólica, cerrar todas las demás puertas. Eso, en una cultura que glorifica las opciones, puede sentirse como una pérdida antes que como una elección”.
Además, señala la investigación, la tecnología puede optimizar el inicio del encuentro, pero no puede resolver lo que el vínculo humano siempre ha exigido: paciencia, constancia, responsabilidad afectiva y la capacidad de reconocer en el otro a un fin en sí mismo, nunca un medio.
“La tecnología ha avanzado mucho más rápido que nuestra madurez relacional. Sabemos iniciar conversaciones, pero nos cuesta sostenerlas, sabemos conectar, pero nos cuesta permanecer. Esa es, creo, la paradoja más profunda de nuestra época: nunca fue tan fácil encontrarse y, sin embargo, nunca fue tan difícil quedarse”, concluye Rocha.
El efecto del match y el ghosting
Nuevos términos, como son el match y el ghosting, surgen ahora en las relaciones que nacen en el mundo digital, pero traen implicaciones también en la construcción o no de relaciones duraderas.
Cada match no es solo una notificación, es un pequeño disparo de dopamina, el mismo mecanismo de recompensa que activan las redes sociales. Cuando el cerebro aprende a esperar esa recompensa de forma inmediata, la tolerancia a la espera, al silencio, al proceso lento del vínculo, disminuye considerablemente.
“Los algoritmos de compatibilidad funcionan bajo una lógica de similitud. Algunas investigaciones de la Universidad de Chicago y del MIT han descrito este fenómeno como burbujas afectivas, una metáfora muy precisa pues es un espacio cómodo, sin fricción, pero también sin verdadero crecimiento. El algoritmo puede facilitar un primer encuentro, pero no puede fabricar profundidad, esa es una construcción humana, lenta e imperfecta, que exige algo que ninguna plataforma puede programar: la voluntad de quedarse cuando las cosas se complican”, señala Rocha.
Y el ghosting, esa desaparición sin explicación ni despedida, ya no es una rareza; lo que más me preocupa desde la asesoría no es la conducta en sí, sino el aprendizaje que instala, si las relaciones pueden terminar abruptamente, sin aviso y sin razón aparente, el cerebro extrae una conclusión silenciosa pero poderosa, el esfuerzo afectivo no vale la pena y con esa premisa instalada, construir algo duradero se vuelve mucho más difícil.
“Una de las transformaciones más silenciosas que ha traído el entorno digital es la reducción del costo de salida. Antes, terminar una relación, incluso incipiente, requería un mínimo de presencia, de palabra, de responsabilidad, hoy, basta con dejar de responder. Cuando el otro deja de ser una persona y se convierte en un perfil, la empatía se desactiva con mayor facilidad y cuando la empatía se desactiva, la responsabilidad afectiva se diluye. Lo que queda es un vínculo frágil, intermitente, funcional, útil mientras conviene, descartable cuando incomoda, eso no es una relación, es una transacción con ilusión de afecto”.
